el hombre más optimista del mundo

Publicado en extrañezas con etiquetas el Mayo 16, 2008 por numerocero

<Suena el timbre y no es ella. Yo sé que no es ella. Ella siempre llamaba tres veces seguidas y una cuarta más larga que las demás. No sé quién es. No me importa porque sé que no es ella, así que yo sigo a lo mío. Es decir; estar sentado mirando al techo. Desde que se fue, hace ahora seis meses, mirar al techo es mi única dedicación. Cierto es que duermo, como, me emborracho y cumplo a duras penas con casi todas las necesidades fisiológicas que mi cuerpo solicita. Pero, mayormente, me siento y miro al techo. Habrá quien piense al oír esto que soy un perfecto idiota; un imbécil que ha perdido el norte y ocupa su tiempo en algo  tan intrascendental y carente de sentido  como es el hecho de contemplar el techo de su propia casa. Quien piensa eso se equivoca. Si yo, no permítalo Dios, dejara un día de mirar al techo, las consecuencias serían nefastas. Inimaginables. ¡Catastróficas!

Imagínese que, por ejemplo, me dedico a mirar al suelo de pronto y un escorpión negro, un enorme escorpión negro, se va desplazando por el techo lentamente hasta colocarse justo encima de mi cogote. Y, claro, como he abandonado mi guardia permanente, no lo veo. Y se deja caer gracilmente hasta mi cuello, se cuela por el hueco de la camisa y comienza a aguijonearme dolorosamente la espalda. Desde ese momento, y usando el planteamiento optimista de que solo me diera un aguijonazo, me quedarían aproximadamente dos horas de vida. Piense que, al luchar para sacar al terrible intruso de entre mi piel y mi ropa, volcase accidentalmente la bandeja del té que acabo de tomar y el té, al derramarse sobre el parqué, alcanzara el cable de la lámpara de pie que hay colocada justo al lado del sofá en el que ahora mismo me encuentro, lámpara que tengo encendida siempre ya que las persianas del salón están rotas o averiadas casi todo el tiempo. Imagine, ya que estamos, que dicho cable se encuentre algo pelado debido a los incontables roces que sufre por estar colocado entre el sofá y la pared y encontrarse el sofá casi empotrado sobre el mismo. Esta proximidad cable-pared-sofá hace que cualquier movimiento que yo o mis invitados hagamos al sentarnos repercuta en un rozamiento desmesurado del susodicho cable.

Tenemos pues que al contacto del líquido con el cable pelado saltaría un fogonazo que… ¡otra vez el timbre! No pienso molestarme en abrir, ya sé que no es ella. Lo sé perfectamente.

¿Por dónde iba? ¡Ah, sí, el fogonazo! Las casas de hoy en día están hechas de cartón piedra. Su estructura y materiales no son tan sólidos como debieran y, por el estúpido sentimiento humano de decorarlo todo con recuerdos y detalles, están repletas de cosas inflamables. Imagínese pues que la casa arde y yo, envenenado por la picadura del insecto y, por tanto, con cada vez menos fuerzas, corro al teléfono para pedir auxilio, sin reparar en la circunstancia de que son las seis de la tarde y es la hora en que todos los días tomo mi baño relajante.

-¿Cómo puede este cretino -pensará usted- acordarse de su baño diario en un momento tan inoportuno?

Que no, hombre, que no es que me haya vuelto loco; lo que pasa es que este piso no es precisamente el Palace. Si ya en el momento en que puse el pie aquí se lo dije a ella: “este sitio solo sólo nos traerá problemas”. ¡Y tanto que los trajo! Ella se fue y no volverá y yo… me dedico a observar el techo.

El caso es que, como vivo en un piso muy pequeño (pequeño y caro, como es moda), la cocina es así como muy funcional y, con objeto de ahorrar espacio, comunica con el salón mediante una ventanita. Al menos eso es lo que quieren hacerle creer al incauto inquilino. Pero yo, que si de algo entiendo en esta vida es de casas, les descubriré el fraude. No es que la cocina comunique con el salón, no, señor. Es que la cocina es el salón. ¡Y el salón la cocina! Quiero decir que se trata de una sola habitación con un cómico tabique “de pega” para dar el aspecto deseado. ¡A mi me la van a dar con queso! ¡A mí que fui oficial de albañil!

El caso es que, como son las seis, antes del té tuve que encender el termo para ir calentando las tuberías que como, insisto, esto no es el Palace, tardan más de una hora en calentar correctamente el agua. Así que la bombona de butano, que está en el rincón del salón que mal llamaron cocina, está en estos momentos con la espita abierta, soltando gas a diestro y siniestro… porque… imagine que…

¡Mierda! Otra vez el timbre. Sea quien sea no ha dejado de llamar en quince minutos. ¡Qué pesados!

Así que, como le decía, imagine que, la casa ardiendo, yo moribundo a causa de la terrible picadura del monstruoso escorpión negro y medio intoxicado por el humo de las cortinas que ya han empezado a arder (y con ellas las paredes, el techo, los muebles y lo que no son los muebles, es decir. el inmueble) y se me viene a la cabeza que la espita del butano puede estar a punto de prender, hecho que, dicho sea de paso, sería bastante trágico para mí y para el resto de vecinos.

Bueno, quizá lo de los vecinos no me importe demasiado. Total, llevo seis meses sin ver a ninguno de ellos… Supongo que me huirán cuando me oyen en la escalera y se negarán a abrirme la puerta cuando en casa necesito ayuda o me quedo eventualmente sin sal porque yo tampoco le abro la puerta a nadie a menos que, por la forma de llamar, sepa que se trata de ella. Ya sé que ella no volverá, ya lo sé. Me dejó porque no aguantaba a un viejo irascible y complicado quejándose por todo en todo momento y cuya única virtud parecía ser una imaginación desbordada. No la culpo. De todos modos, de vez en cuando, vienen mi hijo y su señora con los niños a verme y me resulta más cómoda la larga soledad que es la espera. Me quieren muchísimo. Sobre todo los niños. Cuando vienen se arremolinan alrededor para que les cuente cosas de la guerra.

Hace más de dos años que no vienen, pero es normal. No tendrán tiempo siquiera para escribirme una postal por mi cumpleaños o llamarme por teléfono cinco minutos. Pobrecitos, con lo que me quieren y no tienen tiempo para verme. ¡Qué mal lo deben estar pasando! Imagino que pronto llamarán. Le diré a mi hijo, otra vez, que sigo con todas las persianas rotas y que yo sólo ya no puedo arreglarlas con la artrosis en los nudillos.

Y, ahora que pienso, no es normal que hayan llamado al timbre tantas veces. ¿Quién sería? Ella llamaba de otra manera (y no va a volver), mi hijo tiene una copia de la llave (¿de que le sirve si tampoco viene a verte, viejo?), mis amigos están ausentes (muertos y enterrados) y los vecinos me huyen y no quieren saber nada de mí. ¡Dios bendito! ¿Habrá sucedido algo? ¿Habrá habido un escape de gas en el edificio y está a punto de derrumbarse todo? ¿Habrán venido a avisarme los vecinos o las autoridades y yo no les he abierto la puerta? Es posible, de hecho, que todos los vecinos estén ahora mismo en la calle preocupados por mí. Se preguntarán si había salido o, por lo contrario, no quería abrirles la puerta, tal y como acostumbro a hacerles. ¡Joder! Todo el edificio a punto de estallar y yo aquí preocupado por la estúpida espita de mi bombona de butano y el dichoso escorpión e marras. ¿Habrán telefoneado a mi hijo? ¿La habrán telefoneado a ella?

Creo que esperaré a ver si llaman otra vez, pero esta vez preguntaré “quién es”. Abandonaré la vigilancia del techo y, si cae el escorpión ya veremos lo que ocurre. >

El anciano, bastante preocupado por la posibilidad de que estuviese a punto de desplomarse su edificio, vuelve a acomodarse en su viejo sofá pero, esta vez, contemplando la puerta que, por cierto, ya no volverá a sonar más hasta dentro de dos meses, momento en el cual la policía la echará abajo. Un viandante les avisará alertado por un terrible olor que provenía de la vivienda. Tras llamar al timbre repetidas veces y no hallar respuesta entrarán a la fuerza.

Allí se lo encontrarán muerto, contemplando el marco roto de la puerta como si aún la estuviera vigilando, con una mueca como de sonrisa en su famélico rostro.

Nadie se atreverá a decir que aquélla mueca es una expresión de optimismo, pero lo es. Allí, frente a sus ojos, yacerá un hombre viudo cuya familia le ha sacado hasta el último céntimo para luego abandonarlo en una vivienda semi en ruinas. A pesar de todo, aquél hombre se había refugiado en una bondadosa realidad alternativa que solo él podía ver y que, escorpión arriba, escorpión abajo, le hacía feliz. O le ayudaba a olvidar su tristeza al menos. Frente a ellos, observando lo que antes había sido la entrada de su casa, estaba el hombre más optimista del mundo.

sueño húmedo

Publicado en extrañezas con etiquetas el Diciembre 18, 2007 por numerocero

El señor Romo se metió en la cama temprano. Su pijama de franela con sus iniciales bordadas le hacía parecer un oso de peluche grotesco; pero eso a él le daba igual. Abrigaba lo suficiente como para que aquélla noche de aquél invierno hostil no le importase ni lo más mínimo verse convertido en un pelele infantil. También estaba el hecho, bastante importante, de que hacía ya unos cuatro años que ninguna mujer compartía cama con él. O sí, pero no la suya. Y pagando, claro está.

El señor Romo dejó la dentadura en un vaso de cristal con agua que a tal efecto había sobre la mesilla de noche y se introdujo en la cama con tal eficiencia y precisión que apenas sí la deshizo un poquito, dejando de tal manera su sueño en manos de un hermético confort de sabanas, mantas y edredón nórdico. Carraspeó tres veces y se dispuso a dormir. Solo entonces reparó en el portal dimensional que se abría a lo largo y ancho del techo de su dormitorio.

De haberse tratado de una persona más dada a la fantasía desbocada habría gritado de pavor pero, tratándose del señor Romo, no vaciló un instante ni palideció ante la extraña visión que flotaba sobre él.

-Mmm- pensó tomando sus gafas de leer de la mesilla de noche- ¿qué tenemos aquí?

Ya con las gafas puestas observó con mayor detenimiento el insondable vacío cósmico que se extendía a través de la grieta espacio-temporal interdimensional. No tenemos constancia de si entendió lo que veía. Ni tan siquiera sabemos si estaba preparado para asimilar, de golpe y porrazo, algo que habría vuelto loco a los más avezados aventureros. El caso es que no tuvo miedo. Simplemente se maravilló ante el hermoso y sobrecogedor espectáculo acomodándose en su cómoda cama de Ikea.

-¡Un portal dimensional… en mi cuarto!- exclamó eufórico.

Inmediatamente, la dentadura que había dejado en el vaso de cristal, dentadura que le había acompañado en innumerables y apasionantes expediciones a lo largo y ancho del mundo castañeteó una vez y habló:

-¿Has pensado por un momento, viejo amigo, en el “efecto ventana doble”?

El señor Romo se sorprendió esta vez. Se sorprendió muchísimo, de hecho. En los largos años que había compartido con aquél adminiculo protésico jamás la había oído hablar y eso representaba una absoluta brecha en su concepción natural de las cosas y una mella más que considerable en su mermada cordura.  Balbuceante se giró hacia la dentadura y trató de responder con un hilillo de voz nerviosa.

-¿Qué?

-El “efecto ventana doble”. Esto es: cualquier ser, entidad o particularidad  cósmica con capacidad de raciocinio que se asomare a una ventana, fuera cual fuese la naturaleza de dicha ventana, se arriesga, inefablemente, a que aquéllo que vea allí también vea a la susodicha entidad o particularidad cósmica observante.

La dentadura siguió hablando de las semejanzas entre esta teoría y la de “la llama recíproca” y de los peligros implícitos de la apertura dimensional bajo techo y sin la supervisión de  un experto en singularidades cuánticas, pero el señor Romo ya no la oía. La idea de que “algo” le observara desde el portal de la misma manera en que lo hacía él desde su cama le produjo una desazón creciente que le erizó el vello de la nuca e hizo que el corazón se acelerase hasta extremos alarmantes. Aquél algo indefinido había tenido la suerte de dar con él; un jubilado leído y de estado civil agnóstico pero él, el “algo”, bien podía ser un monstruoso devorador de universos acechante y mortal que esperase, agazapado, la oportunidad de cruzar el umbral, asesinarle y traer el caos a su dimensión.

-Dentadura- dijo sin dejar de mirar al techo, interrumpiendo el discurso de su prótesis que, ahora, andaba disertando sobre la legalidad del uso de estupefacientes para prorrogar los regresos de las experiencias extracorpóreas.

-Claus- apuntó la dentadura- me llamo Claus.

-Perdón, Claus,- concedió el señor Romo- me preguntaba si conoces alguna manera de cerrar el portal. Para evitar el efecto…

-¿El efecto ventana doble?

-Eso es.

-De hecho sí que conozco alguna manera.

El señor Romo volvió la vista al vaso donde flotaba la dentadura con los ojos vidriosos, a punto de llorar.

-¿Y te importaría contármelo?

-¡Vaya!- se sorprendió Claus- No imaginé que mi viejo amigo Romo quisiera cerrar su ventana.

-Siento defraudarle, Claus, pero eso de la ventana doble me ha puesto nervioso. Y seguro que habrá más portales- dijo esto último como intentando convencerle dudando realmente de que su dentadura postiza fuera realmente un aliado en lugar de el auténtico artífice de la grieta de su techo.

-Supongo que habrá más, es cierto.

Claus meditó las opciones un largo rato, momento que el señor Romo aprovechó para tomar el crucifijo de madera de sobre la cama, no ya para uso religioso pues esto lo había descartado desde el principio, sino más como arma contundente llegado el caso. Finalmente, Claus dijo:

-Bien, amigo. Estas son las opciones que creo más prudentes. Ya he descartado lo de llamar al casero para exigirle que arregle el techo porque, teniendo en cuenta que lo que hay justo detrás del portal es el infinito vacío cósmico, es posible que en lugar de arreglarlo, le suba a usted el precio del alquiler por haber duplicado el espacio habitable de su casa en infinitos eones cuadrados. Y sin licencia de obras, lo cual es incluso denunciable.

-Por favor,- dijo el señor Romo tratando de conservar la calma- ¿podíamos omitir las opciones descartadas?

-Ah, perdón, no sabía que tenía usted prisa. Bien. sus mejores opciones son las siguientes: uno; diluir su ka fundamental en el continuo flujo espacio temporal. Esto tardaría unas horas, pero garantizaría que en un veinte por ciento de los casos usted acabase cerrando la brecha y regresara a su cuerpo sano y salvo.

- ¿Y en el otro ochenta por ciento?

-Su ka quedaría difuminado por las infinitas galaxias y campos morfogravitacionales y jamás podría regresar. Lo cual, además, propiciaría, sin lugar a dudas, una singularidad metódica que acabaría doblegando el universo sobre sí mismo, haciéndolo implosionar.

-¡Cristo!

-Pero solo es un ochenta por ciento de posibilidades.

-De todos modos ha dicho usted que llevaría horas. No tengo tanto tiempo. No me haría ninguna gracia que en pleno rito de disolución  del ka entrara por ese techo un dios necrófago de las estrellas primigenias y me devorase a mi y al resto de mis vecinos. Por no hablar de la humanidad.

-Bueno, si es demasiado tiempo podríamos probar con otras opciones. Por ejemplo: dos; dado que la creación de un portal interdimensional siempre va ligada a una concentración desmedida de electricidad mística y mutación planetaria, si usted construyese un aparato que redireccionara toda esa masa informe de nuevo hacia sus cauces normales se restablecería la armonía natural. Y su techo. Y construir un termodilatador fundamental solo le llevaría una media hora si se tiene algo de uranio enriquecido y carbono 14.

-Mmm… creo que sí. Algo debe haber en la despensa.

-Pues… es una gran opción.

-No acabo de quedar convencido. ¿No hay nada más rápido?

-Y efectivo.

-Claro, eso ni se duda.

-¿Ha probado a despertarse?

-¿Cómo dice?- dijo el señor Romo atónito.

-Eso. Que si ha probado a despertarse. Eso solucionaría su problema y, de paso, le tranquilizaría un poco. ¿Qué le parece? Solo requiere un nanosegundo de su tiempo.

El señor Romo despertó sobresaltado. Los esquejes de la pesadilla aun flotaban a su alrededor como virutas de terror pegajosas y calientes. Todavía se sentía a punto de morir de miedo pero notaba que, poco a poco, sus nervios volvían a su estado natural de tranquilidad. El techo estaba en orden. Era un techo normal con una mancha de humedad que llevaba ahí alrededor de unos ocho meses. Quizá fue aquélla mancha de humedad la que inconscientemente le había llevado a imaginar aquél terrible sueño. Quizá.

Ahora todo estaba en orden. Se balanceó confortablemente en la superficie del vaso de cristal que le servía de cuna y observó al señor Claus que dormía a pierna suelta en su cama de Ikea con su pijama de franela con las iniciales bordadas. El señor Claus lucía un rostro tan apacible que la dentadura marca Romo identificó como “sueño profundo y plácido”. El señor Claus dormiría aún unas horas, ajeno a las pesadillas que palpitaban muy cerca, en la mesilla de noche. El señor Romo también disponía entonces de unas cuantas horas más de sueño, así que se sumergió en el agua del vaso y se dispuso a  dejarse caer sobre los brazos de Morfeo.

El último pensamiento que le pasó por las encías fue el de escribir un libro de ciencia ficción. Lo titularía “¿Sueñan las dentaduras con portales dimensionales?”