<Suena el timbre y no es ella. Yo sé que no es ella. Ella siempre llamaba tres veces seguidas y una cuarta más larga que las demás. No sé quién es. No me importa porque sé que no es ella, así que yo sigo a lo mío. Es decir; estar sentado mirando al techo. Desde que se fue, hace ahora seis meses, mirar al techo es mi única dedicación. Cierto es que duermo, como, me emborracho y cumplo a duras penas con casi todas las necesidades fisiológicas que mi cuerpo solicita. Pero, mayormente, me siento y miro al techo. Habrá quien piense al oír esto que soy un perfecto idiota; un imbécil que ha perdido el norte y ocupa su tiempo en algo tan intrascendental y carente de sentido como es el hecho de contemplar el techo de su propia casa. Quien piensa eso se equivoca. Si yo, no permítalo Dios, dejara un día de mirar al techo, las consecuencias serían nefastas. Inimaginables. ¡Catastróficas!
Imagínese que, por ejemplo, me dedico a mirar al suelo de pronto y un escorpión negro, un enorme escorpión negro, se va desplazando por el techo lentamente hasta colocarse justo encima de mi cogote. Y, claro, como he abandonado mi guardia permanente, no lo veo. Y se deja caer gracilmente hasta mi cuello, se cuela por el hueco de la camisa y comienza a aguijonearme dolorosamente la espalda. Desde ese momento, y usando el planteamiento optimista de que solo me diera un aguijonazo, me quedarían aproximadamente dos horas de vida. Piense que, al luchar para sacar al terrible intruso de entre mi piel y mi ropa, volcase accidentalmente la bandeja del té que acabo de tomar y el té, al derramarse sobre el parqué, alcanzara el cable de la lámpara de pie que hay colocada justo al lado del sofá en el que ahora mismo me encuentro, lámpara que tengo encendida siempre ya que las persianas del salón están rotas o averiadas casi todo el tiempo. Imagine, ya que estamos, que dicho cable se encuentre algo pelado debido a los incontables roces que sufre por estar colocado entre el sofá y la pared y encontrarse el sofá casi empotrado sobre el mismo. Esta proximidad cable-pared-sofá hace que cualquier movimiento que yo o mis invitados hagamos al sentarnos repercuta en un rozamiento desmesurado del susodicho cable.
Tenemos pues que al contacto del líquido con el cable pelado saltaría un fogonazo que… ¡otra vez el timbre! No pienso molestarme en abrir, ya sé que no es ella. Lo sé perfectamente.
¿Por dónde iba? ¡Ah, sí, el fogonazo! Las casas de hoy en día están hechas de cartón piedra. Su estructura y materiales no son tan sólidos como debieran y, por el estúpido sentimiento humano de decorarlo todo con recuerdos y detalles, están repletas de cosas inflamables. Imagínese pues que la casa arde y yo, envenenado por la picadura del insecto y, por tanto, con cada vez menos fuerzas, corro al teléfono para pedir auxilio, sin reparar en la circunstancia de que son las seis de la tarde y es la hora en que todos los días tomo mi baño relajante.
-¿Cómo puede este cretino -pensará usted- acordarse de su baño diario en un momento tan inoportuno?
Que no, hombre, que no es que me haya vuelto loco; lo que pasa es que este piso no es precisamente el Palace. Si ya en el momento en que puse el pie aquí se lo dije a ella: “este sitio solo sólo nos traerá problemas”. ¡Y tanto que los trajo! Ella se fue y no volverá y yo… me dedico a observar el techo.
El caso es que, como vivo en un piso muy pequeño (pequeño y caro, como es moda), la cocina es así como muy funcional y, con objeto de ahorrar espacio, comunica con el salón mediante una ventanita. Al menos eso es lo que quieren hacerle creer al incauto inquilino. Pero yo, que si de algo entiendo en esta vida es de casas, les descubriré el fraude. No es que la cocina comunique con el salón, no, señor. Es que la cocina es el salón. ¡Y el salón la cocina! Quiero decir que se trata de una sola habitación con un cómico tabique “de pega” para dar el aspecto deseado. ¡A mi me la van a dar con queso! ¡A mí que fui oficial de albañil!
El caso es que, como son las seis, antes del té tuve que encender el termo para ir calentando las tuberías que como, insisto, esto no es el Palace, tardan más de una hora en calentar correctamente el agua. Así que la bombona de butano, que está en el rincón del salón que mal llamaron cocina, está en estos momentos con la espita abierta, soltando gas a diestro y siniestro… porque… imagine que…
¡Mierda! Otra vez el timbre. Sea quien sea no ha dejado de llamar en quince minutos. ¡Qué pesados!
Así que, como le decía, imagine que, la casa ardiendo, yo moribundo a causa de la terrible picadura del monstruoso escorpión negro y medio intoxicado por el humo de las cortinas que ya han empezado a arder (y con ellas las paredes, el techo, los muebles y lo que no son los muebles, es decir. el inmueble) y se me viene a la cabeza que la espita del butano puede estar a punto de prender, hecho que, dicho sea de paso, sería bastante trágico para mí y para el resto de vecinos.
Bueno, quizá lo de los vecinos no me importe demasiado. Total, llevo seis meses sin ver a ninguno de ellos… Supongo que me huirán cuando me oyen en la escalera y se negarán a abrirme la puerta cuando en casa necesito ayuda o me quedo eventualmente sin sal porque yo tampoco le abro la puerta a nadie a menos que, por la forma de llamar, sepa que se trata de ella. Ya sé que ella no volverá, ya lo sé. Me dejó porque no aguantaba a un viejo irascible y complicado quejándose por todo en todo momento y cuya única virtud parecía ser una imaginación desbordada. No la culpo. De todos modos, de vez en cuando, vienen mi hijo y su señora con los niños a verme y me resulta más cómoda la larga soledad que es la espera. Me quieren muchísimo. Sobre todo los niños. Cuando vienen se arremolinan alrededor para que les cuente cosas de la guerra.
Hace más de dos años que no vienen, pero es normal. No tendrán tiempo siquiera para escribirme una postal por mi cumpleaños o llamarme por teléfono cinco minutos. Pobrecitos, con lo que me quieren y no tienen tiempo para verme. ¡Qué mal lo deben estar pasando! Imagino que pronto llamarán. Le diré a mi hijo, otra vez, que sigo con todas las persianas rotas y que yo sólo ya no puedo arreglarlas con la artrosis en los nudillos.
Y, ahora que pienso, no es normal que hayan llamado al timbre tantas veces. ¿Quién sería? Ella llamaba de otra manera (y no va a volver), mi hijo tiene una copia de la llave (¿de que le sirve si tampoco viene a verte, viejo?), mis amigos están ausentes (muertos y enterrados) y los vecinos me huyen y no quieren saber nada de mí. ¡Dios bendito! ¿Habrá sucedido algo? ¿Habrá habido un escape de gas en el edificio y está a punto de derrumbarse todo? ¿Habrán venido a avisarme los vecinos o las autoridades y yo no les he abierto la puerta? Es posible, de hecho, que todos los vecinos estén ahora mismo en la calle preocupados por mí. Se preguntarán si había salido o, por lo contrario, no quería abrirles la puerta, tal y como acostumbro a hacerles. ¡Joder! Todo el edificio a punto de estallar y yo aquí preocupado por la estúpida espita de mi bombona de butano y el dichoso escorpión e marras. ¿Habrán telefoneado a mi hijo? ¿La habrán telefoneado a ella?
Creo que esperaré a ver si llaman otra vez, pero esta vez preguntaré “quién es”. Abandonaré la vigilancia del techo y, si cae el escorpión ya veremos lo que ocurre. >
El anciano, bastante preocupado por la posibilidad de que estuviese a punto de desplomarse su edificio, vuelve a acomodarse en su viejo sofá pero, esta vez, contemplando la puerta que, por cierto, ya no volverá a sonar más hasta dentro de dos meses, momento en el cual la policía la echará abajo. Un viandante les avisará alertado por un terrible olor que provenía de la vivienda. Tras llamar al timbre repetidas veces y no hallar respuesta entrarán a la fuerza.
Allí se lo encontrarán muerto, contemplando el marco roto de la puerta como si aún la estuviera vigilando, con una mueca como de sonrisa en su famélico rostro.
Nadie se atreverá a decir que aquélla mueca es una expresión de optimismo, pero lo es. Allí, frente a sus ojos, yacerá un hombre viudo cuya familia le ha sacado hasta el último céntimo para luego abandonarlo en una vivienda semi en ruinas. A pesar de todo, aquél hombre se había refugiado en una bondadosa realidad alternativa que solo él podía ver y que, escorpión arriba, escorpión abajo, le hacía feliz. O le ayudaba a olvidar su tristeza al menos. Frente a ellos, observando lo que antes había sido la entrada de su casa, estaba el hombre más optimista del mundo.